Parece egoísta, engreído, arrogante, que juega para sí mismo y el equipo poco le importa. Sufre por cada ocasión que falla. Sólo suyas son las derrotas como suyas solas son las victorias.
Frente a esta actitud Messi aparenta ser una especie de niño grande que nunca dejó de jugar en el patio del colegio. Lo que para Ronaldo es un asunto de vida o muerte para Messi es una fiesta. Cada gol que mete mira hacia el cielo y agradece, o simplemente reconoce y da a cada uno lo suyo. Si Maradona era el hombre que se creía Dios, con Messi parece que Dios se haya vuelto un niño travieso que juega a la pelota. Messi en su pura humildad se echa a un lado y se deja jugar. Actúa con gracia y eso es una diferencia que es muy difícil que Cristiano pueda salvar.Al vivir desde el Ronaldismo, parece que todo se puede con voluntad y esfuerzo. La vida, entonces, se asemeja a una interminable escalera, seca, áspera. Otras veces entrando en el ojo del huracán, en el flow, todo fluye y parece que las cosas se hacen solas. Hemos sido tocados por el Messianismo. La vida es un juego, volvemos a ser niños y cada momento es único, cada instante un gol.




